-¿Me llevas a dormir? Me preguntó.
Estábamos en el living, acostados en el piso, sobre el colchón lleno de almohadones que oficiaba de sillón. En la tele se reproducía la película Henry and June.
-Sí, te llevo. Le respondí.
No literalmente, aunque pensándolo bien, claro que lo podía llevar a upa, tan liviano como aire, no me hubiera costado mucho alzarlo y llevarlo al cuarto.
Había llegado tarde, de madrugada, a eso de las tres o pasadas las tres de la mañana.
Olia a una mezcla de alcohol y algo que no logré indentificar.
Menos mal que tocó el portero eléctrico, el mensaje de WhatsApp nunca lo hubiera visto, pensé. Es que siempre me quedo dormida mirando películas, y esa noche era especialmente tarde. Pero el sonido del timbre me despertó y baje a abrirle.
Toda dormida, con un vestido negro, chatitas de charol y el pelo hecho un lío.
Del otro lado de la puerta, él, todo chiquitito y pálido, coincidíamos en la cara de sueño. A las tres y media de la mañana todos solemos coincidir en eso.
Subimos y nos tiramos en el falso sillón, y después lo llevé al cuarto.
Casi se queda dormido, pero había algo más importante para hacer antes de finalmente descansar.
Y después de eso, después de los colores, de las imágenes, de los suspiros, del calor, de la sed, se durmió arriba mío. Yo lo sostenía para que nos nos cayéramos al piso, tan al borde de la cama estábamos…
Un rato más tarde los mosquitos, él:
-A dónde vas?
-A buscar off, me están comiendo…
La tos, el “¿te hago un té con jengibre y miel?” -Mejor uno negro, vos.
Y yo: ¿En hebras o en saquito?
-Y también ponete este aceite de eucalipto en el pecho, mira, olé que rico, te va a hacer bien.
Y te dormís, y me duermo, te abrazo, amanece, seguís dormido, te sigo abrazando y después empieza el día, el desayuno y la música.
Esta entrada fue modificada por última vez en 6 febrero, 2018 19:30
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